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Corrían los años
setenta, el regimen militar había tomado el poder, yo cursaba por aquel
entonces mi tercer año en la facultad de medicina de la Universidad
de Buenos Aires. Había comenzado a cursar farmacología, materia pesada
pero interesante y útil yo sabía que existían trabajos prácticos que
cumplir para aprobarla y éstos se realizaban con animales. Llego el ansiado
día, eramos aproximadamente cincuenta personas, y en el frente del aula
estaba un pobre perro atado de las cuatro patas y una mordaza en la
boca, panza arriba esperando su triste destino. Esa clase duró aproximadamente dos horas, hasta que cuando se enseño todo lo necesario, se le dio la estocada final con un cóctel lítico, dejo de respirar, el cuerpo caliente amordazado yacía sobre la estúpida mesa, el estúpido profesor había terminado su estúpida clase. Yo me sentí complice
junto con mis compañeros ninguno dijo nada, si se lo mataba seguro debería
ser así, era tan solo un perro. Nunca más volví
a presenciar semejante macabra escena a pesar de ello aprobé la materia
con notas máximas. Me cuestioné si debería ser médico, era un entrenamiento
hacia la insensibilidad de la persona ¿Como alguien que estudiaba para
salvar vidas podía despreciar la de otros seres que conviven con él?
En todo este tiempo
transcurrido, ¿se puede decir hoy que se respeta los derechos de los
animales y la salvaje matanza y tortura en pos de una investigación
científica?
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