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Animales en Cautiverio
Caza

Licencia para matar





“Los cazadores hacen invisibles a los animales. A unos los matan y a otros los espantan. Actúan siempre como si los animales les perteneciesen. Antes de matar, deberían pedirnos permiso a los demás. Aunque los no cazadores somos mayoría en todas partes, estamos desorganizados, mientras que los cazadores forman un poderoso lobby con dinero, armas e influencia política, y hacen de su capa un sayo.”

(extracto del libro “¡Vivan los animales!” de Jesús Mosterín)

La caza deportiva tal vez sea una de las formas más concretas en las que el hombre manifiesta su indiferencia hacia el dolor ajeno.

Este tipo de tiro al blanco sangriento, que lleva miles de muertes en su nombre, no es más que la necesidad de cierta “gente” de demostrar su superioridad genómica, su especísmo.

Sonrisas y felicitaciones por un lado, ojos desorbitados y sin vida por el otro; es el resultado de una actividad tan cruel como incomprensible. El morbo; la necesidad de ver sangre derramada, cuerpos que se colapsan y caen al piso, impulsos nerviosos que todavía se expresan, agonía, no se puede entender ni justificar. Lo único que se sabe es que al cazador, el hecho de destrozarle de un tiro la vida a un indefenso animal, le importa un cuerno.

Detrás de esta siniestra devoción por la muerte ajena, se esconden permisos y licencias falsificadas, intereses creados, la ley de oferta y demanda, seres sintientes que no se imaginan que su cabeza hace tiempo que tiene precio; precio que está sujeto a su peligro de extinción, y muchas veces extremadamente módico (por ejemplo un león en Mozambique se cotiza a 3500 pesos, y una jirafa en Zimbawe a 2000*) . A la par se desarrollan nuevas armas, que a medida que hacen los disparos más certeros, reflejan la cobardía y decadencia de este “deporte”. La imagen del cazador blanco de corazón negro, que se adentraba en la sabana, soportaba las injurias del ambiente, y rastreaba y acosaba a su presa, para terminar dándole muerte, ya casi no existe más. En varios lugares, a los cuáles también podríamos llamar “supermercados de animales”, el cazador, es una persona adinerada que no tiene más que ser transportado hasta el escenario del crimen, elegir a su víctima de entre muchos candidatos, apuntar y jalar el gatillo, convirtiendo la naturaleza en un “autoservice” para cazadores.

Las estrategias para desvirtuar esta actividad tan seriamente inhumana, no son pocas, los cazadores se regodean y se promocionan como “amantes de la naturaleza”, paladines del control poblacional, en fin: gente común y corriente, de personalidad aventurera.

Pero como hemos visto antes, en algunos lugares el riesgo y la aventura han quedado atrás, sustituidos por comodidades y garantías de “operaciones” exitosas; los animales salvajes y tan peligrosos cuya derrota estos “deportistas” adoran exhibir en sus viviendas y reuniones sociales, no son más que seres inocentes que han sido ejecutados sin un derecho a réplica, cobardemente fusilados, por el hecho de que su vida es un desafío, y su muerte un trofeo.

  Facundo Moyano

 



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