Información / Artículos
concurso "Pensamientos Animalistas" diciembre 2001



" La esterilización, un mal menor ?


Me siento obligado a poner a todos/as ustedes al tanto de una serie de pensamientos e ideas que he estado rumiando sin tregua desde hace unas cuantas semanas. Ni qué decir que considero a éste un tema crucial de debate entre gente que, como la mayoría de nosotros/as, ha hecho y hace de la militancia en favor de los derechos de nuestros/as hermanos/as l@s animales, un estandarte de lucha y reivindicación tan importante como cualquier otro emprendimiento similar referido a seres humanos. ¿Qué otro motivo sino éste es el que inspira nuestro proclamado anti- especicismo? ¿Acaso nos contamos entre aquellas personas para quienes profesar una idea es más una cuestión de lengua y tribuna que una cuestión de actos y compromiso? Porque y esto debo decirlo a riesgo de malquistarme con much@s, en lo que a mí concierne, advierto una contradicción flagrante entre la prédica anti-especicista y la aceptación dócil del postulado según el cual nosotr@s sabemos qué cosa conviene a esa especie mejor que los miembros que la integran (por ejemplo, sabemos cuales gat@s podrán reproducirse y cuales no, y por añadidura, como he escuchado decir, también sabemos... ¡que no sufren cuando son castrad@s!).

La esterilización afecta al animal mismo en su totalidad. El animal es mucho más que un espíritu envasado en un cuerpo-instrumento, a través del cual funciona. El animal es también, al igual que nosotr@s..., un espíritu encarnado. Todo lo que hagamos a su cuerpo o a parte de él, se lo hacemos a todo su ser. A menos que perpetuemos la medieval superstición de que l@s animales carecen de espíritu y de inteligencia.

Cualquier cosa que afecta su fisiología orgánica afectará tarde o temprano ese elemento intangible de su naturaleza al que llamamos comportamiento.

¿Quién se atrevería, entre nosotr@s, a pasar por alto la verdad de este principio: Respetar el cuerpo de los seres vivos si en verdad queremos respetar su espíritu, puesto que ese cuerpo y ese espíritu no son más que partículas del gran universo vivo que a todos nos acoge?

Amig@s..., ¿No estaremos errando el blanco? ¿No estaremos tragándonos la zanahoria que quieren que nos traguemos los intereses creados por laboratorios, farmacopeas, etc? Digo esto porque me llama la atención que, en vez de enfatizar la necesidad de poner coto a la cruel explotación de animales con fines experimentales (vivisección), y de combatir la imbécil desaprensión de muchos particulares a quienes una mascota divierte en primavera y fastidia en invierno, nos empeñamos en castigar a la población gatuna en lugar de castigar a quienes la hacen sufrir y lucran con ella. Para colmo de males, han encontrado en los últimos tiempos a personas que, sin cobrar un centavo, se encargan de emparcharles el sistema cada vez que alguien pronuncia la palabra "sobrepoblación".

Esta ha sido mi introducción al tema, a la que continuará un análisis pormenorizado de la situación actual, junto con el único punto de vista que no puede faltar en dicho análisis: el punto de vista de la víctima.

Yo era un gato de la calle. Mi vida transcurría tranquila y apacible en esa tibia rutina cotidiana (que hoy me parece un paraíso perdido para siempre) del Jardín Botánico. Ello me bastaba para ser feliz. Trepar a los árboles, ver como a veces se acercaban niños y niñas para regalarme una caricia tierna sobre mi lomo corvado y tiritante era para mi el regocijo de cada día. Si, por añadidura, alguna anciana me acercaba un plato de comida, entonces conocía yo lo que es el colmo de la dicha, y aún sin poder manifestárselo en palabras, se llevaba esa persona la gratitud de mi corazón. ¡Jamás uno de nosotros olvida una cara!
Pero un día sentí unos pasos detrás mío. No eran los pasos de siempre, y un instinto profundo recorrió mi cuerpo como el gélido terror de un latigazo. ¡Habían sido aquellos mis últimos segundos de dicha en la tierra! Cuando quise defenderme, era ya tarde. Una mano implacable me asía del lomo como un paquete inerte y sin valor. Antes de darme cuenta me hallaba en compañía de otros gatos en el interior frío y oscuro de un camión. ¡Hombres! Los demás gatos me contaron que nos dirijíamos a un lugar siniestro, cuya descripción me pareció en un primer momento exagerada.
¿No irían tal vez a darnos comida a todos para despues devolvernos sanos, salvos y ahítos a nuestra morada común? Ahora comprendo lo inocente que es un ser antes de la tortura. A decir verdad, ninguno de nosotros había estado antes en un tal lugar, mas los rumores difundidos en nuestros aquelarres felinos daban cuenta de lo espantosamente cambiados que regresaban tantísimos compañeros de ruta varias veces al año. Decían mis mayores que un día te llevaban, y que no volvías a ser el mismo nunca una vez que habías vuelto. Que te volvías mustio y pasivo, gordo y pesado, temeroso e indiferente a nuestros queridos juegos de malabares y volteretas, y, lo más extraño de todo, también a las gatas.
Llegados al lugar, una voz autoritaria golpeó nuestros oídos, mientras otras manos nos forzaban a salir del camión en dirección a un lugar como jamás antes había yo visto. Sentía el terror dentro mío y el terror paraliza. Por ello es que muchos de nosotros quedaban rezagados sin atinar a defensa alguna ni a moverse. Ello impulsó a nuestros captores a golpearnos entre risotadas e improperios. A mí me pusieron sobre una mesa fría con mis cuatro patas atadas y comenzaron a hacerme cosas extrañas con pinzas y tijeras. Allí se confunden mis recuerdos como en un pozo oscuro de pánico y dolor. Lo siguiente que alcanza mi memoria, con el cuerpo completamente inmovilizado, es el ruido estentóreo de una voz de alguien que dijo ser médico e informó sin darle importancia de la gravedad de mis hemorragias y que algo no había salido tan bien, pero que después de todo yo era un gato de la calle, y de última podrían botarme en un tacho de basura si la operación se complicaba. A partir de ahí todo fue vertiginoso. Mi recuerdo lo ocupa integramente un dolor intenso y luego insoportable. ¿Dónde estaban que no venían y me ayudaban esas personas que me acariciaban y alimentabas cuando todo era para mí regocijo y calma? ¿Por qué habían desaparecido y, como antes me mimaban, no me libertaban ahora? Los animales necesitamos menos amantes y más libertadores.
El recuerdo de aquella pesadilla se confunde con la perdida la sensación corporal y la insensibilización total de mi vientre. ¡Como hubiese querido no estar allí y volver junto a aquél amigo humano de aquellas hermosas tardes, cuando a la distancia le veía llegar y partía raudo a su encuentro, dando brincos de bienvenida y cariño! Pero él no estaba, y mis captores no se les parecían en nada.
El dolor, lacerante, reaparecía, y junto con él mi conciencia, al rato de cesar la operación. Nunca podré olvidar cuando estiraron mi cuerpo y ataron mis cuatro patas, empleando sobre mis carnes el frío rigor de algún instrumento que no puedo describir porque no lo vi, pero cuyo efecto sobre mí era la viva sensación de que una parte de mí mismo sería cortada y arrancada. Hurgué en mi memoria tratando de recordar cuándo y cómo había yo dañado a estas gentes para que me propinaran suplicio tan atroz. Pero por mucho que busqué y rebusqué, no pude localizar en mis días anteriores la menor ofensa hacia ellos. Por el contrario, tenía yo hasta ese día, la sospecha de que les caía bien y que podía confiar en ellos. También me quemaron, en cuatro o cinco oportunidades, con algún instrumento metálico. Tampoco lo ví, pero la sensación era de que apoyaban sobre mí algun filo ardiente y penetrante. No un cigarrillo que se aplasta, sino algo parecido a un clavo calentado al rojo, como aquel con el que una vez había lastimado mi patita y cuyo dolor había ido cediendo con el correr de los días.
Luego me arrojaron de nuevo a la calle. Ya era un gato castrado. Ya no molestaría a nadie con mis instintos copulatorios. Desde entonces siento que la muerte camina a mi lado, y no se borran de mi mente aquellas imágenes mientras aquella mano aleve cercenaba para siempre una parte mía. Mi pesadilla aún no ha concluído. Cierto es que ya pasó la operación, pero, ¿saben una cosa? Alucino cada noche con ella, a veces despierto y otras en sueños. Ahora el miedo es mi único compañero.

Luciano Bonfico




Escríbenos uva@ivu.org