|
" La esterilización, un mal menor ?
Me
siento obligado a poner a todos/as ustedes al tanto de una
serie de pensamientos e ideas que he estado rumiando sin
tregua desde hace unas cuantas semanas. Ni qué decir que
considero a éste un tema crucial de debate entre gente que,
como la mayoría de nosotros/as, ha hecho y hace de la militancia
en favor de los derechos de nuestros/as hermanos/as l@s
animales, un estandarte de lucha y reivindicación tan importante
como cualquier otro emprendimiento similar referido a seres
humanos. ¿Qué otro motivo sino éste es el que inspira nuestro
proclamado anti- especicismo? ¿Acaso nos contamos entre
aquellas personas para quienes profesar una idea es más
una cuestión de lengua y tribuna que una cuestión de actos
y compromiso? Porque y esto debo decirlo a riesgo de malquistarme
con much@s, en lo que a mí concierne, advierto una contradicción
flagrante entre la prédica anti-especicista y la aceptación
dócil del postulado según el cual nosotr@s sabemos qué cosa
conviene a esa especie mejor que los miembros que la integran
(por ejemplo, sabemos cuales gat@s podrán reproducirse y
cuales no, y por añadidura, como he escuchado decir, también
sabemos... ¡que no sufren cuando son castrad@s!).
La
esterilización afecta al animal mismo en su totalidad. El
animal es mucho más que un espíritu envasado en un cuerpo-instrumento,
a través del cual funciona. El animal es también, al igual
que nosotr@s..., un espíritu encarnado. Todo lo que hagamos
a su cuerpo o a parte de él, se lo hacemos a todo su ser.
A menos que perpetuemos la medieval superstición de que
l@s animales carecen de espíritu y de inteligencia.
Cualquier
cosa que afecta su fisiología orgánica afectará tarde o
temprano ese elemento intangible de su naturaleza al que
llamamos comportamiento.
¿Quién
se atrevería, entre nosotr@s, a pasar por alto la verdad
de este principio: Respetar el cuerpo de los seres vivos
si en verdad queremos respetar su espíritu, puesto que ese
cuerpo y ese espíritu no son más que partículas del gran
universo vivo que a todos nos acoge?
Amig@s...,
¿No estaremos errando el blanco? ¿No estaremos tragándonos
la zanahoria que quieren que nos traguemos los intereses
creados por laboratorios, farmacopeas, etc? Digo esto porque
me llama la atención que, en vez de enfatizar la necesidad
de poner coto a la cruel explotación de animales con fines
experimentales (vivisección), y de combatir la imbécil desaprensión
de muchos particulares a quienes una mascota divierte en
primavera y fastidia en invierno, nos empeñamos en castigar
a la población gatuna en lugar de castigar a quienes la
hacen sufrir y lucran con ella. Para colmo de males, han
encontrado en los últimos tiempos a personas que, sin cobrar
un centavo, se encargan de emparcharles el sistema cada
vez que alguien pronuncia la palabra "sobrepoblación".
Esta
ha sido mi introducción al tema, a la que continuará un
análisis pormenorizado de la situación actual, junto con
el único punto de vista que no puede faltar en dicho análisis:
el punto de vista de la víctima.
Yo
era un gato de la calle. Mi vida transcurría tranquila y
apacible en esa tibia rutina cotidiana (que hoy me parece
un paraíso perdido para siempre) del Jardín Botánico. Ello
me bastaba para ser feliz. Trepar a los árboles, ver como
a veces se acercaban niños y niñas para regalarme una caricia
tierna sobre mi lomo corvado y tiritante era para mi el
regocijo de cada día. Si, por añadidura, alguna anciana
me acercaba un plato de comida, entonces conocía yo lo que
es el colmo de la dicha, y aún sin poder manifestárselo
en palabras, se llevaba esa persona la gratitud de mi corazón.
¡Jamás uno de nosotros olvida una cara!
Pero un día sentí unos pasos detrás mío. No eran los pasos
de siempre, y un instinto profundo recorrió mi cuerpo como
el gélido terror de un latigazo. ¡Habían sido aquellos mis
últimos segundos de dicha en la tierra! Cuando quise defenderme,
era ya tarde. Una mano implacable me asía del lomo como
un paquete inerte y sin valor. Antes de darme cuenta me
hallaba en compañía de otros gatos en el interior frío y
oscuro de un camión. ¡Hombres! Los demás gatos me contaron
que nos dirijíamos a un lugar siniestro, cuya descripción
me pareció en un primer momento exagerada.
¿No irían tal vez a darnos comida a todos para despues devolvernos
sanos, salvos y ahítos a nuestra morada común? Ahora comprendo
lo inocente que es un ser antes de la tortura. A decir verdad,
ninguno de nosotros había estado antes en un tal lugar,
mas los rumores difundidos en nuestros aquelarres felinos
daban cuenta de lo espantosamente cambiados que regresaban
tantísimos compañeros de ruta varias veces al año. Decían
mis mayores que un día te llevaban, y que no volvías a ser
el mismo nunca una vez que habías vuelto. Que te volvías
mustio y pasivo, gordo y pesado, temeroso e indiferente
a nuestros queridos juegos de malabares y volteretas, y,
lo más extraño de todo, también a las gatas.
Llegados al lugar, una voz autoritaria golpeó nuestros oídos,
mientras otras manos nos forzaban a salir del camión en
dirección a un lugar como jamás antes había yo visto. Sentía
el terror dentro mío y el terror paraliza. Por ello es que
muchos de nosotros quedaban rezagados sin atinar a defensa
alguna ni a moverse. Ello impulsó a nuestros captores a
golpearnos entre risotadas e improperios. A mí me pusieron
sobre una mesa fría con mis cuatro patas atadas y comenzaron
a hacerme cosas extrañas con pinzas y tijeras. Allí se confunden
mis recuerdos como en un pozo oscuro de pánico y dolor.
Lo siguiente que alcanza mi memoria, con el cuerpo completamente
inmovilizado, es el ruido estentóreo de una voz de alguien
que dijo ser médico e informó sin darle importancia de la
gravedad de mis hemorragias y que algo no había salido tan
bien, pero que después de todo yo era un gato de la calle,
y de última podrían botarme en un tacho de basura si la
operación se complicaba. A partir de ahí todo fue vertiginoso.
Mi recuerdo lo ocupa integramente un dolor intenso y luego
insoportable. ¿Dónde estaban que no venían y me ayudaban
esas personas que me acariciaban y alimentabas cuando todo
era para mí regocijo y calma? ¿Por qué habían desaparecido
y, como antes me mimaban, no me libertaban ahora? Los animales
necesitamos menos amantes y más libertadores.
El recuerdo de aquella pesadilla se confunde con la perdida
la sensación corporal y la insensibilización total de mi
vientre. ¡Como hubiese querido no estar allí y volver junto
a aquél amigo humano de aquellas hermosas tardes, cuando
a la distancia le veía llegar y partía raudo a su encuentro,
dando brincos de bienvenida y cariño! Pero él no estaba,
y mis captores no se les parecían en nada.
El dolor, lacerante, reaparecía, y junto con él mi conciencia,
al rato de cesar la operación. Nunca podré olvidar cuando
estiraron mi cuerpo y ataron mis cuatro patas, empleando
sobre mis carnes el frío rigor de algún instrumento que
no puedo describir porque no lo vi, pero cuyo efecto sobre
mí era la viva sensación de que una parte de mí mismo sería
cortada y arrancada. Hurgué en mi memoria tratando de recordar
cuándo y cómo había yo dañado a estas gentes para que me
propinaran suplicio tan atroz. Pero por mucho que busqué
y rebusqué, no pude localizar en mis días anteriores la
menor ofensa hacia ellos. Por el contrario, tenía yo hasta
ese día, la sospecha de que les caía bien y que podía confiar
en ellos. También me quemaron, en cuatro o cinco oportunidades,
con algún instrumento metálico. Tampoco lo ví, pero la sensación
era de que apoyaban sobre mí algun filo ardiente y penetrante.
No un cigarrillo que se aplasta, sino algo parecido a un
clavo calentado al rojo, como aquel con el que una vez había
lastimado mi patita y cuyo dolor había ido cediendo con
el correr de los días.
Luego me arrojaron de nuevo a la calle. Ya era un gato castrado.
Ya no molestaría a nadie con mis instintos copulatorios.
Desde entonces siento que la muerte camina a mi lado, y
no se borran de mi mente aquellas imágenes mientras aquella
mano aleve cercenaba para siempre una parte mía. Mi pesadilla
aún no ha concluído. Cierto es que ya pasó la operación,
pero, ¿saben una cosa? Alucino cada noche con ella, a veces
despierto y otras en sueños. Ahora el miedo es mi único
compañero.
Luciano
Bonfico
|