
El vegetarianismo: último escalón de la compasión
animalista
El que os habla hasta hace siete años comió carne y derivados
de ésta: comí vacas, cerdos, gallinas, peces de todo tipo;
casi puedo imaginar semejante ingestión, de manera surrealista:
visualizo entrando por mi gigantesca boca, por la que sale una enorme
lengua morada chorreante de saliva, a decenas de cerdos aún convulsionados
por los estertores de la electrocución, a yertos terneros todavía
envueltos en la triste y solitaria oscuridad de sus asfixiantes cárceles
de madera, a coleantes peces atragantados con la guadaña en miniatura
que es el anzuelo...
Llevo luchando en
pro de los animales, literariamente, al menos trece años. Protestaba
enérgicamente, con mis poesías, con mis relatos, contra
las corridas de toros, contra todas aquellas fiestas en que se maltratase
a un, siempre indefenso, animal; debatía con pasión con
cualquiera que osase defender aquello que yo repudiaba, y siempre, indefectiblemente,
surgían los argumentos-martillo para derrumbar la bella teoría
animalista. "¿Tú no usas ropa de piel?", decían.
Recuerdo que en esos principios míos por el floreado aunque espinoso
camino de la ética empática sí descubrí,
frente a tal pregunta, que en los zapatos que por aquella época
calzaba había una proporción de piel. A lo que, decidido,
dejé de comprar ropa de piel. La gente argumentaba atronadora
y afiladamente, aunque de manera absurda, con tal de intentar desmontar
tu teoría que a todas luces ponía en peligro la suya,
es decir, la del hedonismo más absoluto, la del despreciable
carpe diem. "El toro nace para la lidia", "Los visones
son criados para los abrigos de pieles", "La caza es algo
que se ha hecho toda la vida y no lo vas a cambiar ahora tú":
todas éstas frases no conseguían siguiera hacer temblar
un ápice mi edificio ético, ni me apartaban del camino
que libremente había escogido. Pero llegó el momento en
que alguien me recriminó con una frase mucho más inquietante
que las anteriores: "¿Acaso no comes carne y pescado? ¿Es
que los terneros, las gallinas, los corderos, no sufren en sus encierros,
todos ellos estabulados y sacrificados horriblemente?" La acusación
se repetía cíclicamente cada vez que salía a colación
mi defensa a ultranza de los animales. Y después de reflexionar
durante un tiempo breve llegué a la conclusión de que
tenían razón: No podía yo estar defendiendo a los
toros, por poner un ejemplo, y atacando el sadismo del torero, si al
mediodía me esperaba en la mesa un sangrante filete de ternera
proveniente de un animal que, aunque con una muerte más rápida,
había pasado un calvario parecido al del toro de lidia, pero
casi a la inversa. Todo mi ser se conmocionó. A esto los psicólogos
lo denominan disonancia cognitiva: dos ideas contrarias que se enfrentan
en la mente de una persona, como dos relámpagos colisionando
con violencia sobre un cielo azul. Leí libros sobre el vegetarianismo
-entregándome a la tarea como hago siempre que quiero llegar
a la raíz de un asunto, contrastando varias obras intentando
sacar la única verdad que descansa fragmentada en todas ellas-
opción gastronómica que yo siempre había tenido
por deficiente en tanto a lo nutritivo, una opción que veía
como algo excéntrica y que, creía, seguían ciertos
grupos sectarios, gente excesiva, radical, fundamentalista. Leyendo,
contrastando, llegué a la conclusión de que el vegetarianismo
no sólo es una alternativa más ética con la naturaleza,
una alternativa, además, sumamente intelectual, sino que, según
algunos médicos basándose en investigaciones científicas,
es mucho más sana y saludable para el metabolismo humano. Veamos
algunos datos. En los países occidentales se llegan a consumir
hasta 120 kg. de carne por persona y año, cantidad muy por encima
de la recomendada por la Organización Mundial de la Salud, lo
que provoca exceso de colesterol, procesos reumáticos, infarto,
arteriosclerosis, entre otras afecciones llamadas "enfermedades
de la civilización". Descubrí que el consumo excesivo
de carne no sólo afecta gravemente al metabolismo humano sino
que además es profundamente injusto con el Tercer Mundo, ya que
la obtención de 1 Kg. de proteínas animales exige un gasto
de energía 20 veces superior que el equivalente a las de origen
vegetal. Además, algunos estudios afirman que si tan sólo
se redujera la producción de carne en un 10 %, quedaría
suficiente grano para alimentar a 60 millones de personas. Y es que
1 Ha. de terreno cultivado con cereales produce cinco veces más
proteínas para la alimentación humana que si se destinara
a la producción de carne. También es importante saber
que la carne lleva casi siempre anabolizantes y hormonas que, camufladas
en el pienso, se obliga a los animales a ingerir para conseguir un engorde
acelerado de éstos. Aunque la Unión Europea ha prohibido
los anabolizantes excepto para uso terapéutico, ciertos ganaderos
continúan usándolos de forma clandestina; ¿y cómo
saber quiénes lo usan y quiénes no? Lo cierto es que,
resumiendo, si se consumieran mayoritariamente proteínas vegetales
en lugar de animales, se satisfarían las necesidades proteicas
de la población mundial, es decir, ¡no habría hambre
en ningún rincón del planeta! Esto derrumbaba otra argumentación
especista contra los animalistas: la de que sólo pensamos en
los animales en detrimento de los seres humanos, ya que ser vegetariano
no sólo supone ser compasivo con los animales sino también,
como queda demostrado con las estadísticas, con los hambrientos
de los países pobres.
Quiero hacer aquí un inciso. Es obvio que el hecho de que condene
sin reservas el hecho de comer animales se debe a que no quiero ser
cómplice de la vida que llevan y de la muerte que les dan. Otro
debate paralelo sería si es ético comer animales que han
sido libres y han vivido en su hábitat hasta su muerte, la cual
ha sido rápida e indolora. Ante ese planteamiento yo seguiría
diciendo no a comer animales, tanto por los planteamientos compasivos
hacia los animales como por los planteamientos de solidaridad con los
países pobres y por la posibilidad más sana (esta tercera
causa, la menos importante para mí) para el metabolismo humano
que supone el vegetarianismo. Digo esto porque no todos los filósofos
del animalismo están de acuerdo en este punto. Mientras que Peter
Singer está totalmente en contra de comer animales: "El
primer paso [que debe dar todo defensor de los animales] es dejar de
comerlos. Muchas personas que se oponen a la crueldad con los animales
establecen el límite en la cuestión de hacerse vegetarianos.",
Jesús Mosterín no pone ninguna objeción a comer
animales: "Los humanes hemos seleccionado artificialmente razas
de animales (como las gordas vacas lecheras o los cerdos de granja)
inviables en la naturaleza, y condenados por tanto a sobrevivir sólo
como prisioneros nuestros [...] Lo importante es tratarlos al menos
con el respeto debido a los internos en una prisión moderna y
civilizada.". Frente al contradictorio razonamiento de Mosterín,
y apoyando el de Singer, el ensayista humanitario del siglo XVIII Oliver
Goldsmith, ya escribió: "Sienten piedad, y se comen los
objetos de su compasión.".
Así que seguí con mis investigaciones, y me sumergí
en la biología humana, estudiando el aparato digestivo con relación
a la alimentación vegetariana. Descubrí que el hombre
ancestral se alimentaba casi exclusivamente de vegetales, que la alimentación
carnívora es una desviación que no encaja con la fisiología
humana, la cual es casi idéntica a la del mono, que es esencialmente
herbívoro. Nuestro sistema alimentario, estructura esquelética
y sistema nervioso central son más parecidos a los de los animales
vegetarianos que a los carnívoros.
En fin, que multitud de serios estudios y teorías me daban la
razón y animaban la resolución que en mi mente se iba
fraguando. Y a finales de 1996 mi mujer y yo nos hicimos vegetarianos,
sólo que comenzamos poco a poco. En la primera etapa, que duró
como año y medio, dejamos la carne y sus derivados y seguíamos
comiendo pescado, huevos, leche, etc. Durante la segunda etapa, durante
dos años aproximadamente, dejamos el pescado. Así ya no
comíamos ni carne ni pescado, pero sí huevos y leche y
latas de pescados diminutos, como mejillones, etc. El siguiente paso
fue dejar las latas y eso nos convirtió, según la manía
-o la necesidad- social de etiquetar, en ovo-lacto-vegetarianos. Cada
uno de estos años de que hablo, nos hicimos un análisis
de sangre mi mujer y yo para comprobar que todo iba bien, y dichos análisis
no podían dar mejores resultados. El paso del estado omnívoro
al vegetariano requiere un seguimiento médico cíclico
durante los primeros años. Habíamos leído que si
una deficiencia importante podía tener el vegetariano era la
de la vitamina B 12, la única que sólo está en
productos animales, aunque sí está, en menor proporción,
en algunas algas marinas y ciertas levaduras, y en la llamada carne
del vegetariano: el seitán -pilar de cualquier dieta vegetariana
equilibrada-, que es un alimento rico en proteínas y fibra y
está compuesto de masa de trigo, raíz de jengibre, alga
kombu y salsa de soja. El seitán, oh sana carambola, al no contener
grasas saturadas, reduce el colesterol en el riego sanguíneo.
180 g de dicho alimento satisfacen los requerimientos proteicos diarios.
El seitán, también llamado "carne de Buda",
contiene los ocho aminoácidos esenciales para la vida, aminoácidos
que no pueden ser sintetizados por el organismo y éste debe conseguirlos
a través de los alimentos. Así pues, el seitán
sería [es] uno de nuestros mejores aliados alimenticios.
Ya sólo nos quedaba dejar los huevos y la leche. Desde el principio
que comenzamos nuestra dieta, los huevos que comprábamos eran
de granjas cuyas gallinas se criaban al aire libre, lo que, suponíamos,
no nos hacía cómplices de la terrible vida de las gallinas
criadas en batería, a las que les cortan parte del pico para
que no se maten entre ellas y no se automutilen debido al estrés
de su encierro. Pero también descubrimos la picaresca que había
en los mercados y, después de una investigación cuyos
desalentadores resultados se publicaron en la revista Sos animales de
ANDA, llegamos a la conclusión de que los únicos huevos
que realmente provenían de gallinas criadas en libertad eran
los de la marca Coren, que se venden en las grandes superficies, no
así en los Mercadonas, donde los cambiaron por los de la marca
Hacendado, cuyo envase se anuncia como de huevos provenientes de gallinas
criadas en libertad, etc., pero como digo, no es así, ya que
después de varias presiones ejercidas al encargado del Mercadona
de nuestro barrio, en las que alegábamos que los nuevos huevos
que sustituían a los anteriores tenían la yema amarillenta
y eso nos parecía síntoma de una mala alimentación,
de una mala vida de la gallina, nos confesó que "pocas marcas
de huevos que se anuncian como de gallinas criadas en libertad o, cuando
menos, al aire libre, lo son". A raíz de nuestras protestas
y del artículo aparecido en ANDA, los Mercadonas cambiaron el
formato del cartón de los huevos Hacendado y ahora éstos
lucen un precioso dibujo de gallinas corriendo por la arena bajo el
sol de la tarde, imagen, por lo expuesto, falsa. "Ya está
solucionado", me comentó antes de dicho cambio en el embalaje
el encargado, "se les ha añadido al grano de las gallinas
colorante, así sale la yema más naranja". Ése
fue el único cambio que hizo Mercadona en las vidas de las gallinas
cuyos huevos vendían, las cuales siguen estabuladas aunque comiendo
un pienso que le cerrará la boca a toda aquella persona que,
como nosotros, sospechase, sobre la base del pálido color de
la yema, que los huevos provienen de un sufrimiento psíquico
y de una alimentación deficiente.
Así que ahora sólo nos queda dejar la leche y los huevos,
únicos alimentos extraídos de animales que sufren. La
leche, porque las vacas lecheras de hoy en día distan mucho de
la imagen bucólica antigua; sus vidas son un suplicio y el continuo
ordeño, un martirio insoportable. Y los huevos porque, al margen
de que demos con alguna marca que no hacine a las gallinas, etc., seguimos
considerando no ético robarle los huevos a una gallina e interferir
en la cadena de vidas animal, máxime teniendo en cuenta que esto
no es necesario para sobrevivir. Cambiaremos la leche de vaca por la
leche de soja, que, aunque como todos los alimentos ecológicos
es infinita e injustamente más cara, nos hará sentirnos
mejor con nosotros mismos. Y supliremos los huevos por el seitán,
en el que, como dije, están los ocho aminoácidos esenciales
para la alimentación. No he dicho, y ahora lo hago, que el hecho
de dejar paulatinamente la alimentación animal es debido a que
alguien que lleva toda su vida comiendo carne no puede de la noche a
la mañana dejar todo alimento animal, pues corre el peligro de
padecer graves problemas físicos (conozco a una persona que lo
hizo de golpe y se volvió anémica y comenzó a caérsele
el pelo, lo que, según prescripción médica, la
obligó a comer carne de nuevo a riesgo, si no lo hacía,
de morirse). Y los animalistas somos tan pocos que no podemos jugarnos
la vida: la liberación de los animales depende de nosotros. Tampoco
quiero que se interprete que expongo mi "aventura" vegetariana
como ejemplo perfecto a seguir, porque es posible que otras personas
en menos tiempo consigan dejar todo alimento animal (en nuestro caso
era más complejo: mi mujer tiene un metabolismo débil
y enfermizo y eso nos obligó a ralentizar el proceso).
El camino de mi mujer y yo es un camino que pretende ser coherente.
Ahora, si alguien nos rebate nuestras protestas animalistas con el consabido:
"¿Acaso no comes animales?", les respondemos que no
y se quedan sin respuesta; y ya sólo les queda el argumento de
que los animales siempre han servido al hombre, que no comparemos animal
con persona, etc., todas ellas teorías profundamente especistas
y que se responden por sí solas: como propuestas filosóficas
nacen abortadas por oligofrénicas. Evidentemente no nos hemos
hecho vegetarianos por imperativo de la coherencia o para poder estar
a bien con nuestros ideales con relación a los demás,
a la coherencia que se espera de nosotros desde el exterior, lo hemos
hecho por llevar la ética de nuestros pensamientos, los deseos
de nuestro corazón, de la manera más contundente a nuestra
vida cotidiana, como hacían los antiguos filósofos griegos,
que eran del todo consecuentes con sus doctrinas: recordemos a Diógenes
viviendo en un tonel o a Sócrates bebiendo la cicuta. Porque
un toro sufre indeciblemente en el ruedo, pero también lo hace
un ternero estabulado, una gallina autolesionándose en su cajón
de tamaño de folio, etc.
¿Balance? Mi mujer y yo nunca hemos estado más sanos.
Recuerdo que cuando comía carne yo sufría cíclicas
jaquecas que me duraban dos o tres días. Ahora no las padezco.
Nos sentimos más ágiles física y mentalmente, nuestros
pensamientos son más ecuánimes, más espirituales,
si cabe. No echamos de menos la carne ni sus derivados. Yo sólo
la recuerdo cuando alguien me pregunta si la echo de menos. Ahora, mientras
escribo esto, me he acordado de cómo es una hamburguesa o un
filete, imagen mental que no tenía, lo prometo, desde hace años.
Creo que es la misma situación que se le plantearía a
un carnívoro si se le preguntase si le apetece comerse un trozo
de madera o beberse un vaso de agua de pantano, o acaso, rizando el
rizo y siendo más polémico (no veo diferencia entre animal
y hombre en tanto al derecho a la vida y a la felicidad), si le apetecería
comerse un solomillo de bebé humano o un espinazo a las finas
hierbas de humana obesa.
Yo recomiendo a cualquiera que esté dudando de hacerse vegetariano,
que pruebe durante unos meses, que verá conforme sigue con la
dieta que el abanico gastronómico no se limita en productos y
sabor de éstos -sólo varía-, que, además,
se encontrará mejor físicamente y, lo que es más
importante, no será cómplice de la terrible vida y atroz
muerte de los animales hoy destinados a la alimentación humana.
Aunque sé por experiencia propia que aquí no valen consejos:
la persona que se convierte en vegetariana, no por salud sino por los
animales, sabe muy bien cuál es la estrella que le ilumina y
por qué sendero deslizar sus pasos.
Ángel Padilla,
Poeta de los animales
ANGELPADILLA@animalistas.org
Autor de Mundo al revés, editorial Corona del Sur.
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