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Calidad del alimento
humano El hombre está constituido para alimentarse de sustancias vegetales y se perjudica grandemente con la ingestión de restos cadavéricos de animales, He aquí nuestra tesis, no hemos encontrado ninguna razón científica que la contradiga, y carece de legitimidad el tan socorrido argumento de que el hombre es omnívoro. Veamos: Nada de esto ha ocurrido: El hombre
está provisto de manos con débiles uñas propias para coger pacíficamente
los frutos que los árboles y la tierra le ofrecen, igual que los animales
de tipo frugívoro ( monos) ; carece de facultades para cazar sin armas
y de sentidos lo suficientemente afinados para seguir la pista de la
presa. Es más, los animales herbívoros no huyen ante su presencia, demostrando
con este instinto de confianza que aquél no tiene las características
propias de los animales carniceros, ante los cuales sí huyen o se inquietan.
El ser humano al inventar el cuchillo
o el arma se hizo el más temible de los animales que comen carne, puesto
que sus víctimas se acercan a él confiando en sus pacíficas inclinaciones.
Pero, el natural progreso que lleva consigo el cultivo de la inteligencia
y los sentimientos, priva a muchas personas de la insensibilidad necesaria
para sacrificar al animal que han de comerse, viéndose obligadas a delegar
en un semejante el desagradable momento de matar, esto, mirado con criterio
de estricta justicia, es francamente inmoral. No podemos reconocer el
derecho de que se delegue en segunda persona tan cruel acción, cuyo
hábito degrada los sentimientos y estanca la evolución del espíritu,
mientras la primera sacia su apetito con la carne de la víctima, sin
descender de su plano intelectual o del disfrute de los goces espirituales.
El matarife es la primera víctima del carnivorismo; pero es además la
víctima más desdichada porque lo es por embotamiento de su conciencia. El animal herido por el cuchillo del
sacrificador ofende nuestro oído con sus gritos desgarradores; el espectáculo
de su cuerpo sangrante y sus entrañas al descubierto ofenden nuestra
vista; su cuerpo después de muerto tras intenso sufrimiento, ofende
nuestro olfato; y si tratásemos de comer su carne cruda, ofendería todavía
nuestro gusto. ¿Osaremos aun defender como alimento propio de nuestra
naturaleza aquel que a todos nuestros sentidos ofende y repugna? Pero el hombre, sea por perversión
de instintos, sea por imperio de las circunstancias en determinada etapa
de su evolución, comió la carne, no sin antes modificar sus cualidades
organolépticas por medio del fuego, los condimentos y la sal, hay que
lograr que la carne no tenga gusto a carne, para poderla comer. ¡ Cuán distinto el caso de la ingestión
de una fruta que agrada nuestro olfato, recrea nuestra vista y satisface
nuestro gusto sin modificación de ninguna especie ! Una vez el alimento en nuestro poder,
juzguemos desapasionadamente su calidad, sin inmiscuirnos por esta vez
en consideraciones químicas ni físicas. Ingerir un trozo de carne supone
dar al organismo un producto en el cual predominan las fuerzas destructivas
de la naturaleza, puesto que, como resto cadavérico no le queda otra
misión que desintegrarse por la putrefacción. Además las carnes, como consecuencia
del trabajo muscular del animal de que proceden, contienen gran cantidad
de desechos o productos de desasimilación En la boca, el alimento carneo se encuentra
con una dentadura impropia para su masticación, falta de las piezas
desgarrantes que observamos en los animales carniceros. En cambio, como sabemos, las abundantes
féculas del alimento vegetal, son digeridas y transformadas profundamente
por la ptialina salivar en dextrina y maltosa. Considerando finalmente
que los dientes y molares están perfectamente dispuestos para la trituración
de frutos y granos, echaremos de ver cómo la alimentación vegetariana
es la que armoniza con todas las funciones bucales.
Llegada la carne al estómago se encuentra
con un órgano de túnicas musculares débiles y jugo digestivo poco ácido
totalmente impropio para su digestión. Mas, la obligada reacción a la
excitación anormal del alimento ( generalmente ayudada por los condimentos)
provoca la secreción de un jugo fuertemente ácido como el de los animales
carniceros, y surge así la hiperclorhidria que no es sino una función
de adaptación al excitante anormal. Hiperclorhidria que persiste más
o menos manifiesta mientras se insiste en semejante alimentación. Después
de peptonizada la carne por el jugo gástrico, ha de verificarse su paso
al intestino duodeno a través del píloro; mas como éste sólo permite
el paso a productos débilmente ácidos, al encontrarse en presencia de
una intensa acidez gástrica, reacciona con fuertes contracciones (Pawlow)
obligando a las túnicas musculares del estómago a reiterados esfuerzos,
en parte inútiles, que al cabo del tiempo se traducen en una dilatación
del órgano. Este estado de dilatación o gastrectasia, trae como consecuencia
el estancamiento de los alimentos, fermentaciones anormales y alteraciones
de la mucosa gástrica que pueden llegar a producir la ulceración. A
esta lesión contribuyen eficazmente la nicotina del tabaco ( disuelta
en la saliva) , el alcohol, los condimentos excitantes y en general
todos los alimentos antifisiológicos. En los animales carnívoros, el estómago
se halla provisto de fuerte musculatura como corresponde a su jugo muy
ácido y al hecho de que llegan a él los alimentos casi sin masticar;
pues dichos animales solamente rasgan y engullen, en vista de que la
saliva no interviene en la digestión de las carnes. En los seres humanos que se alimentan
de tal modo, aun se puede observar otra función defensiva de adaptación
anormal, consecuente a la presencia en el estómago de ácidos patológicos
y cuando se ha ingérido gran cantidad de grasa. Tal es el paso de la
bilis y jugos intestinales al estómago para que se verifique en éste
la digestión que no puede verificarse en el intestino por las condiciones
particulares del alimento ( Boldyreff ) . La digestión estomacal de las carnes
deja ya libres algunos productos tóxicos de los cuales hemos hecho mención
( tirosina, bases hexónicas, etc. ) que también se producen con menos
abundancia en la digestión de los huevos, queso, leguminosas, etc. En
cambio las frutas, verduras y cereales dan una digestión limpia y perfecta. Llegado el quimo gástrico, hiperácido
y cargado de peptonas, al intestino, comienza la digestión en éste con
jugos alcalinos ( a excepción de la bilis que es neutra o ligeramente
ácida) produciéndose gran cantidad de toxinas ( tirosina, indol, escatol,
etc. ) cuando, como vamos diciendo, hay un exceso de alimentación proteica.
El intestino del hombre, que es unas
diez veces más largo que el tronco, es de longitud intermedia entre
el de los animales carnívoros (cuatro veces más largo que el tronco)
y el de los herbívoros (12 a 28 veces más largo que el tronco) , y precisamente
comparable en proporciones al de los monos frugívoros (7 a 10 veces
más largo que su tronco). La considerable longitud del intestino humano
y la debilidad de sus paredes nos quieren decir que necesita de excitaciones Las carnes, los huevos, el pan blanco,
el arroz, los pasteles, etc., carecen de estos elementos estimulantes
y por eso son causa, entre otras, del estreñimiento. Los vegetales no desnaturalizados son,
en cambio, por su riqueza en celulosa, magníficos y armónicos estimulantes
de la función intestinal. En esto estriba una de las ventajas reconocidas
al pan integral, arroz sin cepillar, harinas integrales, etc., y en
general a todos los alimentos vegetales en su estado natural, cuyas
paredes celulares están formadas por dicha celulosa, sustancia fundamental
del salvado o moyuelo. Refiriéndonos ahora al intestino grueso tendremos quizá las
pruebas más evidentes del carácter vegetalívoro del hombre. Efectivamente,
la gran capacidad de este tramo intestinal nos indica que ha de alojar
gran cantidad de residuo que, ocasionando su distensión determine un
estímulo motor ( iniciado principalmente en las papilas de Horner del
intestino recto) suficiente a provocar su evacuación. No hay que insistir en el papel primordial
que para ello desempeña la celulosa indigestible. Pero tenemos aun importantísimas razones
en favor de nuestra tesis. Para que el intestino grueso funcione normalmente
necesita de la acidez de su contenido. La digestión de carnes ( pescados,
aves y mariscos inclusive) dejan como consecuencia de las fermentaciones
microbianas que se realizan en este tramo intestinal, residuos de predominio
alcalino ( amoníaco y bases diversas) , Los vegetales dejan, como producto
de otras variadas fermentaciones microbianas, residuos de reacción ácida
predominante ( ácido carbónico, acético, láctico, butírico, etc. ) con
lo que de nuevo se nos muestran como más propios y fisiológicos para
nuestra alimentación. Una vez completada la digestión, los
productos resultantes son absorbidos por el intestino, pasando, antes
de abocar a la sangre, por la jurisdicción revisora del hígado, que
tiene la misión de retener y neutralizar las toxinas digestivas. Pero en la alimentación carnea es tan
excesiva la cantidad de éstas, que el hígado se fatiga y resulta insuficiente
en su labor antitóxica. Mas, según opinión de los químico-biológicos,
es en el propio hígado donde se produce el ácido úrico con los residuos
de la digestión de los ácidos nucleínicos que tanto abundan en los alimentos
proteicos de origen animal. La sangre acidificada excita el corazón,
las arterias, y las venas En la alimentación vegetariana no existen
estos peligros. Bajo todos los puntos de vista se nos muestra muy superior
a la alimentación carnea. Innumerables, argumentos de orden químico
nos lo confirman. Mueren al año alrededor de cuatrocientos
millones de animales ( según el doctor Charles E. Lévy ) para satisfacer
la pretendida necesidad de carne como alimento de los hombres. Asusta
pensar que esta terrible mortandad es totalmente inútil para los efectos
de mantener bien nutrida a la masa humana. La carne contiene alrededor de cinco
millones de bacterias de la putrefacción, por gramo, y, como muy atinadamente
comenta el doctor Hernán Alpuche, de México, el agua que contuviera
la milésima parte de esa cantidad, sería rechazada por impotable. En cambio, la carne se come algunas
veces cruda o semicruda ( jamón, filetes, embutidos, tocino
) , sin pensar que gran parte de su producto digestivo, ha de pudrirse
en el intestino. Las carnes menos malas son las de animales
jóvenes herbívoros de vida terrestre, como la ternera y el cordero,
porque son carnes constituidas con alimento puro y no trabajadas. "Que la carne aumenta enormemente la
putrefacción intestinal -dice el doctor John Harvey Kellog, es un hecho
que no admite discusión. Esto marca la diferencia entre
la excreta del perro o del león y la del buey y del caballo. Todos los
animales carnívoros sufren de autointoxicación. El eminente veterinario
del Jardín Zoológico de Filadelfia, afirma: todos los perros de
más de tres años tienen las arterias endurecidas. En cambio los caballos, prácticamente,
nunca presentan cambios arteriales por muy viejos que sean. El doctor
Carlos Mayo, dejó sentado que tres perros de cada cuatro entre los mayores
de doce años, tienen cáncer. "El examen bacteriológico hecho en
el laboratorio del Battle Creeck Sanitarium de carne fresca de siete
clases diferentes, ha dado el siguiente número de bacterias por onza,
o sea por cada veintiocho gramos: Bacterias por onza (28 grs.): Beef-steak
37.500.000 a 45.000.000 Hígado de vaca 3.000.000 a 945.000.000 Carne de vaca en conserva 300.000 a
910.000000 Filete de Hamburgo 5.100.000 a 2.250.000.000 Hígado de cerdo 3.000.000 a 2.862.000.000 "Las anteriores cifras coinciden con
las encontradas por Tissier , He aquí ahora las bacterias que contienen
los excrementos frescos de algunos animales : Bacterias por onza Ternera 450.000.000 Caballo 750.000.000 Cabra 2.070.000.000 Vaca 2.400.000.000 Jugo de ostras 102.000.000 "Las bacterias de las carnes son de
idéntica clase que las de la basura y mucho más numerosas en ciertas
carnes que en ciertos excrementos frescos. Todas las carnes llegan a
infectarse con los mismos gérmenes de la putrefacción excrementicia
en el proceso de la matanza; y su número crece tanto más cuanto más
tiempo resta la carne almacenada. Ordinariamente, el cocinado no destruye
todos los gérmenes de la carne. La importancia de suprimir la putrefacción
intestinal se hace más y más evidente según las investigaciones médicas;
y los descubrimientos van aportando continuamente nuevos hechos, que
demuestran la íntima relación entre los venenos intestinales y muchas
enfermedades crónicas ( incluyendo las enfermedades de la vesícula biliar,
el aumento de presión de la sangre, enfermedades cardíacas, de las cuales
mueren trescientos mil americanos anualmente) , nefritis, demencia y
vejez prematura. Por esta razón, muchos médicos dicen diariamente a
sus pacientes: 'Coma menos carne' o 'Suprima el beefsteak' y 'Cambie
su flora intestinal para limpiar su lengua saburrosa y eliminar el veneno
que da fetidez a su aliento'." Termina dicho autor haciendo un elogio
de las frutas oleaginosas, cuya proteína es muy superior en calidad
( por ser menos putrescible ) y en cantidad, a la de las carnes; dándonos
la siguiente tabla de los valores alimenticios proporcionales entre
unas y otras : "Una libra ( 453 gramos) de nueces,
equivale en valor alimenticio a cada una de las cantidades de los alimentos
que siguen: (cantidades en libras=453 grs.) Lomo de buey, magro 4 Todo lo anteriormente dicho, basta
para convencer de la inutilidad y el peligro de comer carnes y tanto
más .hemos de considerarlas como alimentos superfluos, cuanto que, como
ya demostró el doctor M. Hindhede, de Copenhague, veintitrés gramos
de proteínas digestibles son completamente suficientes para un hombre
adulto fuerte. Y esta cantidad de proteína o albúmina la obtuvo en sus
experiencias con un régimen de papa, margarina y cebolla, unas veces,
y, otras veces, con papa o pan, frutas y otros almidones y azúcares,
manteniéndose bien el equilibrio nutritivo, y haciendo la interesante
observación de que la orina de los comedores de patata tiene un gran
poder disolvente del ácido úrico, por lo que las patatas y simplemente
su agua de cocción (según sus posteriores experiencias) son utilísimas
para la curación de modalidades artríticas y reumáticas. El propio doctor Hindhede refiere cómo
vivió un mes con sólo papas, mantequilla, fresas y un poco de leche,
y exclama: "Fue tan intensa la sensación de bienestar que yo sentía
durante el tiempo de tal dietética, que dudé ya de mis creencias en
los antiguos dogmas dietéticos. La acumulación de productos proteínicos
viejos es probablemente la fuente de muchas enfermedades crónicas."
Continuando sus experiencias ha llegado Hindhede a otra conclusión sumamente
interesante para nosotros: Las grasas no son necesarias. Los vegetales
verdes pueden reemplazar a la grasa ( manteca) . Conclusión que luego
ha comprobado el profesor Mendel, de New Haven, que publicó una Memoria
demostrando que la espinaca puede sustituir a la manteca. Debemos alegrarnos de que vaya infiltrándose
poco a poco en el espíritu de las personas cultas la necesidad imperiosa
de disminuir, cuando no suprimir los alimentos animales. Decía Pitágoras: "Propón leyes a un pueblo que adora a los animales, con preferencia a un pueblo que se los come." Fragmento extraído de | Inicio | Acerca de UVA | Vegetarianismo/Veganismo | Artículos | Boletín | Restaurantes | Recetas | | Afiliación | Noticias | Escríbenos: uva@ivu.org |