Recuerdo con
cariño las machacantes indicaciones que mi abuelo y mi madre recurrentemente
recitaban en las comidas ¡Comé despacio y masticá bien la comida,
porque la digestión empieza en la boca! y que intentaban calmar
mi ansiedad infantil.
También recuerdo a los amigos del barrio que se burlaban porque
comía tanta verdura y el fastidio que me provocaba no poder comer
chicles y tomar Gaseosa Cola como todos los chicos ,porque mi madre
decía que eran perjudiciales para la salud. Hoy se los agradezco
porque comprendí la sabiduría que encerraban dichas recomendaciones.
Mi abuelo, Angel Corral, pertenecía a una época donde las ideas
pacifistas e internacionalistas ,que traían los primeros inmigrantes
del siglo xx, lo vincularon al anarquismo pacifista, al esperantismo
(idioma que pretendía imponerse internacionalmente) y al vegetarianismo.
Desde los treinta años fue vegetariano y miembro de la Asociación
Naturista de Buenos Aires, disuelta actualmente. Ésta última fue
la primera institución del país que divulgó los principios naturistas
y vegetarianos, lamentablemente desapareció, muchos todavía la recuerdan
con cariño y nostalgia, como yo, que alguna vez de niño acompañé
a mi abuelo, hoy después de muchos años de soledad, me alegro por
haber encontrado una nueva organización que lucha por una forma
de vida más natural. Nunca he podido olvidar las palabras de mi
abuelo, que siempre recomendaba ser vegetariano, ponía especial
atención en la alimentación libre de agentes químicos, y pronosticaba
que si esto no se modificaba, en algún momento no habría alimentos
naturales para consumo, creo que se está cumpliendo su predicción,
en aquel momento parecía una exageración, en fin, agradezco al destino
haber tenido un abuelo así.
Muchos médicos
critican el régimen vegetariano considerándolo incompleto y que
entre las posibles consecuencias del mismo se encuentran la anemia
por falta de glóbulos rojos, la incapacidad de poder proporcionar
los aminoácidos que componen las proteínas, etc. El ejemplo de vida
de mi abuelo llevando una vida llena de vitalidad y realizaciones,
sin ningún problema grave de salud, me permiten sembrar un manto
de duda ante las pomposas argumentaciones en contra del vegetarianismo
que muchos esgrimen escudándose en una postura científica. Si no
fuera por una hernia inguinal que le dificultaba la locomoción seguramente
hubiera vivido mucho más que los noventa y seis años de su existencia
llena de vitalidad y trabajando hasta pocos años antes de su muerte.
Evidentemente la alimentación vegetariana no provocó en él los trastornos
degenerativos ni la debilidad que los médicos aseguran que se produce
con este régimen de vida.
En lugar de
realizar sus descabellados experimentos en los pobres animales que
caen en sus manos para fundamentar sus suposiciones, deberían observar
la vida de los hombres y encontrarán que la vida actual, cada vez
más alejada de la naturaleza, provoca una espiral interminable de
síntomas morbosos y nuevas enfermedades, que solo se detendrá cuando
el desarrollo tecnológico y científico esté al servicio de la humanidad.
Rafael
Fortugno
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